“Watashi no aitō no i”

“Watashi no aitō no i”

“Estáis en mi mente y mi corazón”

あなたは私の心と心の中で​​は

Los pequeños cuadrados son la transcripción al Kanji (grafía nipona), de la expresión tan sentida que los japoneses emplean para dar el pésame.

Este Blog, como cualquier otro es incapaz de representar tales grafías.

Eso dice mucho de cuan alejados estamos de la cultura nipona, tanto como alejados estamos de comprender la magnitud de la tragedia acaecida.

Tras observar indignado el tratamiento mediático que se ha hecho de un acontecimiento tan grave, sirva este Post para mostrar como las buenas gentes guardan silencio.

Ante una desgracia de tales dimensiones se hace muy difícil encontrar palabras justas que expresen  sentimientos tan desoladores, aunque cierto es que el Pueblo Japonés  está en nuestra mente y nuestro corazón.

 

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Negro sobre blanco

Según la filosofía oriental, hay dos fuerzas fundamentales opuestas que se complementan, y todo en este mundo (material e inmaterial) se compone de una mezcla de ambas.

Se trata de la luz y de la oscuridad, de lo bueno y de lo malo, de la vida y de la muerte … osea del yin y del yang o, como dicen los japoneses, del in y del yo.

Según esta filosofía, nada existe en estado puro. Todo lo bueno tiene algo malo, y todo lo desagradable, por trágico que pueda parecer, tiene algo positivo.

Esta relativización de los extremos es una característica que admiro en el pueblo japonés, y que les lleva por un lado, a no vanagloriarse de sus innumerables logros y aportaciones a la civilización; y por otro, a encajar con resignación los más terribles desastres.

A ellos les dedico esta imagen de blancos y negros irreales que, combinados en diferentes proporciones, forman un todo a mi entender harmonioso, mostrando al menos un lado positivo de esta miserable ruina que constituye el sujeto de la fotografía.

Cartas

Hoy, al abrir el buzón y recoger las facturas y un panfleto de propaganda del Pizza-Hut, he echado de menos la vieja costumbre de comunicarse por carta.

Aún recuerdo la sensación al recibir una misiva: el suspense que acompañaba la apertura del sobre, el olor y el tacto del papel, y los mensajes íntimos que proporcionaba la caligrafía…

Todo eso ya pasó. Ha sido irremediablemente relegado al olvido.

Relegado en primer lugar por el teléfono, que convirtió en oral gran parte de la comunicación escrita, con la consiguiente pérdida de matices y significados al pasar de un medio pausado a otro improvisado.

Más tarde el teléfono se hizo móvil, prometiendo mejorar nuestras relaciones con el prójimo, que ya empezaban a decaer, aunque no hizo más que esclavizarnos, haciéndonos alcanzables a toda hora y en cualquier lugar.

Y últimamente, con el advenimiento de los smart-phones, los SMSs, Tweeter y demás, nos encontramos con que, por un lado, ya no somos capaces de producir algo con sentido que tenga más de 140 caracteres; y por otro, gracias a la llamada geolocalización, estamos entrando de lleno en la pesadilla orwelliana de 1984 (eso sí, voluntariamente, aunque parezca mentira).

Vanas palabras

Estúpidos e ignorantes humanos, que en vuestra efímera desdicha pretendéis trascender, dejando vuestros nombres en mi piel.

Respiráis el aire que yo exhalo, más ello no es suficiente para abriros los ojos y haceros entender, que no habéis de poseer; pues polvo sois y con él cerraré las cicatrices de vuestra impúdica vanidad.