¿Ángel o demonio?

Mi abuela llamaba “angelitos” a los vilanos del diente de león, acaso por su grácil vuelo sin rumbo en busca de suelo fértil donde asentarse.

Estoy convencido de que también hubiera llamado “angelito” a su nieto, si lo hubiera conocido, a pesar de que siempre anda cavilando su próxima travesura.

Yo sin embargo, que brego con él día a día, no estoy seguro de si se trata de un ángel, o de un demonio angelical: mi pequeño demonio querido del alma.

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Cerbero

 

Casi siempre un simple letrero nos advierte de que llevemos cuidado con el Can Cerbero, por ello en ocasiones hay quien a la entrada de su propio refugio se descarga de los Ángeles y demonios que lleva en su interior.


Ellos son los vigilantes impertérritos de la conciencia; consiguen generar la duda con su sola presencia.


No pueden tomar decisiones, pero condicionan los hechos creando terribles tormentas de inquietud.


A veces, son dueños también de las fuerzas que generan la más excelsa imaginación; y cuando ésta se manifiesta desligada de todo límite, no debemos temer al espíritu creador, pues podemos estar seguros que al atravesar la puerta encontraremos su paz.


					

¿Quién osará llamar a nuestra puerta?

Lo que poseemos es nuestro y, por temor a perderlo, lo guardamos celosamente y le ponemos puertas. Todo tiene puertas hoy en día: los coches, las casas… hasta el campo está hoy lleno de puertas. Y también nuestro corazón, sobre todo nuestro corazón y nuestra imaginación acaban encerrados con tantas puertas, que se vuelven completamente impermeables, inexpugnables; y de esta manera nos convertimos en islas a la deriva que sólo mutarán al alcanzar su Último destino.  Eso sí: permaneceremos protegidos, y nadie podrá hacernos daño.

Pero, con tanta protección… ¿Quién osará llamar a nuestra puerta?

 

Belchite

Pueblo viejo de Belchite,
ya no te rondan zagales.
Ya no se oirán las jotas
que cantaban nuestros padres.

A tus ventanas rotas
no se asoma más naide.
Ni el maestro, ni el cura,
y menos aún el alcaide.

Colgar de la cerradura
no quiere ya la llave,
pues no queda qué guardar
que no sea lamentable.

El silencio ha de reinar
a lo largo de tus calles,
para que el polvo consiga
que las paredes hablen.