15M – Fin de fiesta

Mientras todo lo anterior ocurría, esta señora intentaba dormir, estirada en un soportal del edificio de telefónica de la misma plaza de Cataluña que ha servido de símbolo de la protesta del 15M en Barcelona.
Debemos tener claro que cuando nosotros nos indignamos, hay otros que ya no pueden hacerlo, pues les ha sido arrebatada su última brizna de dignidad.
No debemos olvidarnos de ellos.

12M – Preparando el aniversario

Lo de menos es si se acampa o si no se acampa.

Lo que de verdad importa es que hoy volvemos a anunciar la decadencia del imperio del mercado, el fin de la tiranía del dinero, y el advenimiento de una nueva manera de entender la vida en sociedad, trufada de nuevos valores, que en realidad no son tan nuevos.

Simplemente hace mucho tiempo que habían sido despojados de su significado y relegados a la trastienda del sistema.

Un sistema con dos varas de medir: La que se aplica y la que se pregona. La que vale y la que se quiere aparentar. La que funciona y la que se presume. La que mide al poder político y económico y la que se aplica sobre la turba contribuyente y consumidora.

 

La salida

Para impedir que viéramos más allá de vuestra verdad, construisteis formidables muros.

Para evitar nuestra presencia ante vuestro pornográfico festín, los equipasteis con potentes alambradas.

Y para que, a pesar de todo ello, siguiéramos contribuyendo a llenar vuestras arcas con el producto de nuestro sudor, nos infundisteis el temor a los conciudadanos, y os postulasteis como garantes imprescindibles de nuestra amenazada seguridad, pretendiendo que esos muros y esas alambradas (hasta su última coma y hasta su última pistola) están ahí por nuestro bien.

Pues sabed que no deberíais ignorar la pequeña grieta que unos cuantos acampados, con la fuerza de su indignación, han abierto en vuestro sistema, ya que esa ventana de esperanza se puede ir agrandando y agrandando, … hasta convertirse en la salida.

Valor e ilusión

Si algo caracteriza, en mi opinión, al movimiento del 15-M, es precisamente su atrevimiento.

Desde el momento en que alegremente tomaron la plaza del Sol en Madrid, la plaza de Catalunya en Barcelona, o tantas otras plazas y calles de España, quedó bien patente que esta gente no teme casi a nada.

  • Han desafiado a la autoridad acampando en plena calle; precisamente en aquellos lugares que más repercusión tienen en la imagen que de nosotros se propaga hacia el exterior a través del turismo.
  • Han desafiado a la policía; tan poco preparada para manejar la desobediencia pacífica como pueda estarlo un pez para respirar fuera del agua.
  • Han desafiado al poder ejecutivo; inmovilizado ante el dilema sobre la mejor manera de erradicar el problema.
  • Han desafiado al poder político y legislativo de todos los colores; que no ha sabido escuchar a sus presuntos representados, y que ha dejado que la indignación le sorprenda con la mirada puesta en otro sitio. En el caso de Catalunya, el desafío al legislativo se ha materializado en el bloqueo de la entrada al parlamento, y el desprecio y abucheo general de todos los que allí tienen su inútil poltrona.
  • Pero también, y quizás por encima de todo, han desafiado al cuarto poder; desorientándolo hasta tal punto que ni siquiera los más avezados tertulianos (auténticos profesionales del desgaste contra lo que funciona, y cuya acerada pluma se ampara habitualmente en la ausencia de responsabilidad) han sabido desmarcarse de las posturas reaccionarias de los políticos, y les han servido de inexplicable apoyo, incapaces de calibrar la verdadera dimensión de lo que se avecina.

En resumen, yo no veo miedo en este movimiento. Si acaso veo miedo es en sus detractores, que se ven sin argumentos ante las formas pacíficas de que hacen gala los nuevos revolucionarios.

Yo no veo miedo en este movimiento. Veo más bien valor, auténtico valor: el valor que se necesita hoy en día para discrepar de lo establecido, oponerse al pensamiento único, y soñar con un mundo mejor.

Mucho valor y mucha ilusión.