Corazón de cuarentón

Duro como lo más duro,
envuelto de frío invierno,
aún vibra con suave ritmo
y marca el paso del tiempo.
Secas venas lo recorren,
que ayer transportaron vida,
fabricaron ilusiones,
e inocencia sin medida.
Sobrevive a contrapelo
en el medio del pantano
en que se refleja el mundo,
cada vez menos humano …
Hoy es de cristal de roca
lo que en tiempos fue de carne,
¡Pero aún le sobran ganas
de teñir todo de sangre!
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El imperio del corazón

Nada hay tan puro como el deseo de un niño, su ilusión sin mesura ante un muñeco en un escaparate…

Y nada tan sorprendente como su capacidad para olvidarlo y abandonarlo, sustituyéndolo por otro mejor, o simplemente más fresco…

Se trata, seguramente, del imperio del corazón.

Y es que a esas tiernas edades todo se hace con el corazón, que aún está sin encorsetar por las innumerables normas, barreras, frenos y cortapisas con que la sociedad acaba aplastando al individuo, precisamente para protegerse de él.

¿Quién osará llamar a nuestra puerta?

Lo que poseemos es nuestro y, por temor a perderlo, lo guardamos celosamente y le ponemos puertas. Todo tiene puertas hoy en día: los coches, las casas… hasta el campo está hoy lleno de puertas. Y también nuestro corazón, sobre todo nuestro corazón y nuestra imaginación acaban encerrados con tantas puertas, que se vuelven completamente impermeables, inexpugnables; y de esta manera nos convertimos en islas a la deriva que sólo mutarán al alcanzar su Último destino.  Eso sí: permaneceremos protegidos, y nadie podrá hacernos daño.

Pero, con tanta protección… ¿Quién osará llamar a nuestra puerta?

 

Bayas tristes

El tiempo transcurre inexorable arruinando todo lo que encuentra en su camino. Por eso es tan importante vivir sin deudas con el pasado.

De manera que, por mucho que lloren estas bayas, sus lágrimas nunca les devolverán el esplendor de cuando eran flores. Más bien al contrario: les enturbiarán el corazón, y les impedirán el disfrute de su carnoso presente.