Indignados


En los estertores de la civilización, cuando el ciclo se acerca a su fin, puede ocurrir que de entre medio de las tinieblas surja de pronto un foco de esperanza.

Ese rayo de luz que se abre paso entre los omnipresentes nubarrones lo encarnan un puñado de jóvenes valientes, indignados por la hipocresía reinante y empujados por su propia precariedad y desesperanza.

Cuando todo parece ya perdido, esos valientes se atreven a soñar en voz alta y, como por arte de encantamiento, conectan con la (ya entregada) sociedad y consiguen despertarla, movilizarla, infundirle leves briznas de esperanza.

Ese rayo de esperanza, seguramente no podrá con las tinieblas que lo rodean, pero su aparición no habrá sido en vano. Cuando menos, habrá conseguido iluminar un poco la decadencia de la civilización, edulcorando así por unos instantes los sueños de quienes nos ha tocado vivirla.

Gracias, indignados.

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El Órgano de Montoro

He aquí el árbol perdido, aquí tu árbol del ahorcado; que harto de su triste destino a otro lugar ha mudado.

Contemplará ahora a los Gigantes; cómo luchan, cómo aman… cómo con silencio sofocante al observador atrapan.

Los cuchillos de roca y sus afiladas sombras le servirán ahora de morada. Cansado ya de la deshonra y de la compañía amarga, ha enraizado en otra tierra y ha multiplicado su esperanza.