Encina milenaria

La simple contemplación de un árbol milenario produce una sensación de humildad y recogimiento.

Pero si además lo acariciamos, sus profundas arrugas nos recordarán el drama de la propia insignificancia, a menudo olvidado en la batalla por la supervivencia diaria.

Aunque después, sin rencor, el suave musgo que tapiza sus ramas enjuagará las lágrimas que tan repentina revelación nos haya provocado en el alma.

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