¿Rebaño o Jauría?

Marina Tsvetáieva, una valiente poetisa rusa de principios del siglo XX, nos dejó estas certeras palabras, que considero aplican con precisión a la época que vivimos ahora, un siglo después de que fueron escritas:

Cuando a la gente se la despoja de su rostro amontonándola, primero se convierte en rebaño y después en jauría.

En nuestro tiempo, en plena decadencia de la democracia capitalista, cobra especial significado la frase de Tsvetáieva, pues nunca antes en este régimen había sido tan grande la brecha entre la oligarquía gobernante y la masa contribuyente, entre la élite financiera y la turba consumidora.

Los ciudadanos hemos dejado  de serlo. Hemos sido sustituidos por cifras promedio, resultado de todo tipo de análisis de mercado, ya que nuestra función como consumidores (y como contribuyentes) es la única que despierta cierto interés entre las élites modernas.

Ya no tenemos rostro, pues sería sumamente complejo (y caro), en una época de prisas y de fé en las máquinas como la nuestra, el detenerse a empatizar con el gobernado, a entender las causas que nos mueven, o (en definitiva) a mirarnos o a hablarnos a la cara.

Está prohibido profundizar. Prohibido individualizar. Los individuos no existen sino como integrantes de la manada. Es el rebaño lo que cuenta; y como el rebaño como tal no piensa, parece que se le puede conducir sin mayor problema por los más asombrosos desiertos en busca de situaciones de mayor provecho económico o de mayor gloria.

Pero poco a poco se acerca el momento que anuncia Tsvetáieva. Momento en el que el dócil rebaño se convertirá en jauría y, como ocurre con los diminutos hongos de la fotografía y el fabuloso abeto que les sirve de sustento, la gente perderá su docilidad y se atreverá a pellizcar al sistema. Cada uno un poquito, cada vez más arriba, hasta que el peso de la multitud descontenta lo invada todo y acabe por tumbar el árbol que les alimenta, dando lugar a un nuevo principio.

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Rebaño

Cual rebaño de ovejas, la mayoría de los hombres vagamos por el mundo absortos en vanas preocupaciones. Rumiamos lo que se encuentra a nuestro paso en pos de una ilusión de bienestar; ajenos a que, ayudados por la oscuridad, los lobos andan planificando su festín. Y el pobre pastor, con su presencia, sus órdenes y sus leyes, se empeña en garantizarnos nuestra seguridad.