Luz

La luz del sol veraniego, dotada de un poder sobrenatural,  abrasa nuestras calles expulsando de ellas a todo ser viviente, sobre todo en las horas centrales del día.

Sin embargo, yo en ocasiones la busco, la necesito.

Su árida  crueldad penetra todos los veranos en mi enmohecido cerebro y erradica de él todo lo que me sobra, dejando apenas espacio para lo trivial.

Esa pirólisis estival renueva mis neuronas. Las cubre de purificadora cal, despojándolas de las telarañas de pensamientos con que las he ido agobiando durante el año.

Yo en el verano tomo baños de luz despiadada, y me preparo así para sortear las sombras que se avecinan.