A tiempo

Aún estamos a tiempo de parar esta locura.

Aún no se ha perdido todo.

Debemos hacer ver a los hombres que todo lo que compran sin necesitarlo realmente acaba ensuciando nuestras playas.

De la misma manera que todo lo que compran sin poder pagarlo acaba ensuciando las manos de la banca.

Una gaviota

El espejo de la verdad

A veces (cada vez con más frecuencia) me apetece alejarme de la civilización, de sus ajetreadas tendencias, de su red superficial de figurantes, y de sus hilarantes poses sociales.

A veces me apetece alejarme del frenopático cotidiano, y tomarme una pausa (cada vez más larga), adentrándome en uno de nuestros bosques para apreciar la verdadera dimensión del tiempo.

Y así ocupado en recuperar el sentido, buscando respuestas en el silencio, a veces me sorprendo mirándome en el espejo de un lago (y cada vez me apetece más bañarme en su verdad).

La importancia de llamarse Ernesto

El tiempo, por fin, se detuvo para ti.

Aunque tantas veces nos lo habías anunciado, supiste dejarnos casi por sorpresa, para no hacernos sufrir.

En lo más hondo de mi memoria te veo haciendo figuras en el aire con el ascua de tu cigarrillo, en la oscuridad de nuestra habitación, para darnos las buenas noches. Aquellas figuras incandescentes grabaron en nuestras tiernas mentes tu tesoro más valioso: un código de valores que, con el tiempo, aprendimos a apreciar; y que hoy en día, por raro, aún nos parece más valioso.

Recuerdo cuando nos sentábamos en el sofá para releer por enésima vez los cuentos de Tintín, y recuerdo cómo repetías una y otra vez cada escena, hasta asegurarte de que la habíamos entendido. Era como si de aquellas viñetas pudiéramos aprender algo que no nos iban a enseñar en ningún otro lugar…

Recuerdo las cálidas tertulias de sobremesa de los domingos, auténticos talleres de pensamiento…

Pero hay una cosa que admiré siempre por encima de todas las demás. Algo que poseías tú más que nadie y que, a mis ojos, te elevó siempre por encima del resto de los mortales: la coherencia.

Tú nos enseñaste a pensar con rectitud, pero también nos enseñaste a decir lo que pensábamos, y lo que aún es más importante: a obrar según nuestro criterio y nuestra palabra.

Aún resuenan en mis oídos las palabras de tu refrán favorito: Obras son amores, y no buenas razones.

Incluso en tu Último Acto podemos aprender sobre humildad, sobre modestia, y sobre grandeza.

Y ahora, observando al invierno apoderarse de tu querido huerto, aquél del que nos regalaste los mejores y más caros tomates del mundo, quisiera despedirme de ti con este poema de uno de los autores de tu biblioteca: (Hasta pronto, papá)

¿Es tu voluntad que yo crezca y decline?
Trueca mi paño de oro por la gris estameña
y teje a tu antojo esa tela de angustia
cuya hebra más brillante es día malgastado.

¿Es tu voluntad -Amor que tanto amo-
que la Casa de mi Alma sea lugar atormentado
donde deban morar, cual malvados amantes,
la llama inextinguible y el gusano inmortal?

Si tal es tu voluntad la he de sobrellevar
y venderé ambición en el mercado,
y dejaré que el gris fracaso sea mi pelaje
y que en mi corazón cave el dolor su tumba.

Tal vez sea mejor así -al menos
no hice de mi corazón algo de piedra,
ni privé a mi juventud de su pródigo festín,
ni caminé donde lo Bello es ignorado.

Oscar Wilde